Un parque natural se puede definir como un espacio institucionalizado dentro de la naturaleza. Preservado en un supuesto estado originario, se evita toda alteración resultado de la acción humana. El parque natural se convierte en una especie de Edén a medida de las inquietudes culturales de una época. Aparte de conservar puede cumplir también con necesidades de construcción de identidad, escenario para mitos, un lugar para la investigación científica y en su faceta más práctica, un bien de consumo para la mirada, un destino turístico.

Toda cultura se ha desarrollado y evolucionado en mayor o menor medida gracias a la explotación de los recursos naturales, si bien es a partir de la revolución industrial cuando esta explotación se vuelve más agresiva y global. La modernidad, con su maquinaria incansable, no ha modificado únicamente el terreno, también los modos de percibir e interpretar el lugar. Una montaña, un río, un árbol, pueden ser el vehículo hacia lo sagrado y trascendental, del mismo modo que materia prima para la producción; quizás es en esta dualidad y redefinición donde el concepto de paisaje puede encontrar su sentido.

Me interesa el posible paralelismo entre el concepto de monumento y el paisaje. Un monumento construye una memoria, ensalza unos valores, es la escritura de la historia desde un determinado punto de vista, una imagen producto de una ideología. Se puede dar un efecto de monumentalización del paisaje cuando se convierte en depósito de unos valores morales, en representación de un paraíso perdido que conecta con los orígenes. Este imaginario es siempre la proyección de una determinada cultura, y en la cultura occidental ha venido definida por la historia de la pintura, la literatura, la jardinería, el cine… En definitiva, un paisaje es una imagen, una representación idealizada, exenta de su carácter de hábitat, que debe de ser virgen y salvaje, bella y sublime, el humano no la habita, solamente la mira, la recorre y la interpreta. El parque natural funciona como un punto de la escala del Grand Tour y el visitante como el sujeto romántico que observa la escenografía natural.

En “Parque natural” se mezclan referencias históricas que aluden a diferentes modos de ver y relacionarse con la naturaleza hasta construir el concepto de paisaje actual. En varias de las fotografías se cruza lo sagrado y lo mitológico con la mirada analítica de la ciencia. La botánica, en su ejercicio taxonómico, nombra a todas las especies con el sistema binominal creado durante la ilustración por Linneo; muchos de esos nombres son epónimos de personajes relevantes de la historia y muchos de ellos vienen de los nombres de las divinidades mitológicas. Desde el renacimiento, la pintura ha representado las escenas de la mitología clásica en la naturaleza, y en “Parque natural”, se retoma esta práctica por medio de las plantas. “Parque natural” 6, ambientada en un paisaje invernal, narra en su versión romana el rapto de Proserpina. La desesperación de Ceres, diosa de la agricultura, por encontrar a su hija Proserpina raptada por Hades, paraliza el ciclo de la naturaleza provocando un eterno invierno. Para solucionarlo, Jupiter envía a Mercurio en busca de Proserpina y es en ese momento cuando brota de nuevo la primevera. En la imagen, la escena mitológica viene representada por la especie acuática Proserpinaca palustris acompañada de la Mercurialis perennis. La furia de Vulcano, dios del fuego, viene representada en “Parque natural” 11, al descubrir éste la infidelidad de su amada Venus, Adiantun capillus-veneris, con Marte, Lilium martagon, el dios de la guerra. En “Parque natural” 9, se hace referencia a la figura mística del cristianismo de la “noche oscura del alma” de San Juan de la Cruz, la travesía del alma hacia su comunión con Dios. El camino del monte de perfección hace un alto en una cueva que invita al retiro eremita.

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